Si has concebido la idea de algo que te complace, guárdate de ser arrastrado por ello; más bien deja que el asunto espere y tómate un espacio y tiempo. Luego piensa en ambos momentos, en el momento en que gozabas del placer, y en el momento, después goce, en que te arrepentirás y te harás reproches a ti mismo. Frente a ello, imagina la visión de cómo te regocijarás si logras abstenerte del placer y cuán satisfecho te vas a sentir de ti mismo. Pero si te parece razonable gozar de dicho placer, ten cuidado para su encanto, su agrado y su atractivo no te venzan; coloca en el otro lado la idea de cuánto mejor es ser consciente de haber conseguido esa victoria.
Epicteto

El control de uno mismo es, sin duda, difícil. Por eso puede ser útil un truco popular empleado en muchas dietas. Algunas permiten <un día para hacer trampa>, un día a la semana en el que puedes comer lo que quieras. Durante la semana, se insta a las personas que siguen dieta a escribir en una lista los alimentos que se les antoja para que, después, puedan darse el gusto de comerlos (la idea es que, si comes saludablemente durante seis días a la semana, llevas la delantera).
Al principio, es algo que parece un sueño, pero cualquiera que lo haya hecho sale la verdad: en los días de trampa, comes hasta hartarte y después te odias por ello. Por eso, al cabo de poco tiempo, renuncias a ese día. No lo necesitas ni te apetece. Es algo similar a cuando un padre descubre a su hijo con cigarros y lo obliga a fumarse la cajetilla.
Es importante que relaciones la supuesta tentación con sus efectos reales. Cuando entiendas que los caprichos pueden resultar peor que resistirse, la necesidad comienza a perder su atractivo. De este modo, el control de unos mismo se convierte en el placer, y la tentación, en arrepentimiento.
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